El amor es como la niebla matutina sobre la montaña, suave, sereno y aparentemente eterno. Sin embargo, a medida que sale el sol, la niebla se disipa, revelando la piedra desnuda e inquebrantable que yace debajo.
¿Por qué cambia el amor? ¿Por qué las personas que alguna vez te miraron con calidez de repente se alejan con fría indiferencia? En la filosofía zen Y budista, la impermanencia, anika, es una de las verdades fundamentales de la existencia. Todas las cosas —incluidas las emociones, las relaciones y los lazos afectivos— están sujetas al cambio.
Buda dijo una vez: «Así como un río nunca se aferra a las orillas por las que pasa, del mismo modo, el corazón fluye de un estado a otro». Cuando alguien pierde su amor por ti, no lo anuncia con gran ceremonia. En su lugar hace dos cosas: dos acciones silenciosas pero profundas que marcan la muerte de lo que una vez fue.
Para comprenderlas, caminemos dentro de una historia, una parábola Zen sobre el amor, la pérdida y la sabiduría de dejar ir.
Había una vez un viajero, un hombre de pensamiento profundo y naturaleza tranquila, que vivía sus días buscando comprender el corazón. Había conocido el amor, sentido su calidez y creído en su eternidad. Pero un día, la persona a la que amaba —aquella que una vez sostuvo su mano con gentil certeza— comenzó a cambiar.
Al principio fue sutil, como la primera hoja que cae de un árbol antes de que el otoño llegue por completo. Pero con el tiempo, los cambios se volvieron innegables: las palabras se hicieron menos frecuentes, las miradas más cortas, y el aire entre ellos se espesó con el silencio de verdades no dichas.
Buscando sabiduría, el viajero fue a ver a un anciano monje que vivía en las montañas, un hombre cuya presencia era como el agua en calma: serena, reflexiva y llena de profundidades invisibles.
—Maestro—preguntó el viajero—, temo que el amor se esté escapando de mis manos. Aquella que una vez caminó a mi lado ahora camina delante de mí, indiferente a si la sigo o no. ¿Qué he hecho mal?
El anciano monje cerró los ojos por un momento y luego habló:
—Cuando el amor se desvanece, no desaparece como el humo en el viento; se retira como la marea, revelando la orilla que siempre estuvo ahí. Hay dos cosas que las personas hacen cuando pierden su amor por ti. Observa con atención y las verás.
El monje llevó al viajero a un pequeño jardín donde un árbol alto se alzaba con sus ramas extendidas, brindando sombra. Un pajarillo descansaba en sus ramas, cantando alegremente.
—¿Ves este pájaro? —preguntó el monje.
El viajero asintió.
—Ahora observa —el monje agitó suavemente su mano y el pájaro, al percibir la perturbación, alzó el vuelo.
—El amor —dijo el monje— es como este pájaro. Cuando se siente cómodo, se queda, canta y hace su hogar en tu presencia. Pero cuando no lo está, se retira. Al principio de manera sutil: ya no se sentarán cerca de ti, su risa no será tan libre, sus palabras no fluirán como un río, sino que caerán como las últimas gotas de una jarra vacía. Esta es la primera señal: cuando alguien pierde su amor por ti, retira su presencia. Incluso si su cuerpo sigue ahí.
El viajero frunció el ceño:
—Pero ¿por qué? ¿Simplemente no me lo dice? ¿Por qué esta retirada lenta en lugar de la honestidad?
El monje sonrió con dulzura:
—Porque ellos mismos aún están aprendiendo la verdad. El amor no desaparece de golpe; se apaga como la última brasa de un fuego moribundo. Una persona no se despierta un día y decide dejar de amar. Más bien, con el paso de los días, su corazón se convierte en un viajero silencioso, alejándose mientras su cuerpo aún permanece.
El viajero bajó la mirada, sintiendo su corazón pesado:
—Entonces, ¿qué debería hacer? ¿Debería correr tras ellos? ¿Debería rogarles que se queden?
El monje negó con la cabeza:
—¿Perseguirías al pájaro que ha volado lejos? ¿Le rogarías al árbol que retuviera sus hojas cuando ya han comenzado a caer? No, querido viajero. Cuando el amor se retira, no lo persigas. Honra su partida. El amor que se fuerza a quedarse ya no es amor, sino un prisionero en la jaula del corazón.
El viajero suspiró, sintiendo el peso de las palabras del monje asentarse en su pecho. Pero aún no estaba satisfecho:
—¿Y cuál es la segunda cosa? ¿Qué más hacen las personas cuando el amor se desvanece?
El monje llevó al viajero más adentro del jardín, donde un estanque yacía inmóvil y claro, reflejando el cielo.
—Mira el agua —dijo el monje.
El viajero se inclinó y vio su reflejo familiar, pero de alguna manera diferente entre los leves movimientos del agua.
—Ahora observa —el monje tomó una pequeña piedra y la dejó caer en el estanque.
El agua tembló, el reflejo se rompió, y en su lugar apareció una nueva imagen, distorsionada, desconocida.
—Cuando alguien pierde su amor por ti —explicó el monje—, no solo retira su presencia, sino que también se convierte en alguien más. La persona que una vez reía con tus bromas, que alguna vez buscó tu compañía, ahora parece un extraño. Su rostro es el mismo, pero su corazón está en otro lugar. Sus palabras ya no llevan calidez; su toque ya no tiene significado. Esa es la segunda señal: la persona que conocías se ha ido, reemplazada por alguien diferente.
El viajero apretó los puños:
—Pero ¿por qué? ¿Cómo puede el amor transformar tanto a una persona?
El monje lo miró con infinita paciencia:
—Porque el amor es identidad. Cuando se ama, dos almas se entrelazan como dos árboles creciendo lado a lado. Pero cuando el amor se desvanece, las raíces se desenredan; buscan otro suelo, otro cielo. Lo que lloras no es solo la pérdida del amor, sino la pérdida de la persona que fue.
Las lágrimas llenaron los ojos del viajero:
—Entonces, ¿qué se debe hacer cuando esto sucede? ¿Cómo se soporta una pérdida así?
El monje respiró hondo, como si inhalara la tristeza del viajero y la exhalara con infinita paz:
—No hagas nada. Acepta que todas las cosas cambian. Acepta que el amor, como las estaciones, debe cambiar. No persigas lo que ya se ha ido, y no llores lo que ya ha cambiado. En su lugar, quédate quieto como el estanque cuando las ondas desaparecen, y verás la verdad.
—¿Y cuál es la verdad? —preguntó el viajero.
El monje sonrió, con sus ojos llenos de la luz de la comprensión profunda: —La verdad es esta: el amor no te pertenece. Nunca lo hizo. Fluye a través de ti, te visita, te cambia, pero no es tuyo. Cuando el amor se va, no te aferres. En su lugar, inclínate ante él, agradécele por su tiempo y déjalo ir, como la última hoja en otoño.
Y con esa comprensión, el viajero ya no lloró. No lamentó la pérdida. Miró el estanque de nuevo y observó cómo el agua lentamente volvía a la quietud. Ahora entendía que el amor no es una posesión, sino un invitado. Y cuando se va, uno no debe cerrar la puerta, sino inclinarse y dejarlo pasar.
El viajero no terminó su viaje en el monasterio, ni su lección se detuvo con las palabras del monje. El camino frente a él era largo, serpenteando a través de valles de recuerdos y montañas de anhelo. A medida que avanzaba, descubrió que cada paso era más ligero que el anterior. El peso de la pérdida no había desaparecido, pero se había convertido en otra cosa: algo más suave, algo que podía llevar sin romperse bajo su carga, no fue el dolor de la partida del amor lo que disminuyó, ni la realidad de haber sido dejado atrás. Lo que se transformó fue su apego al amor mismo. había dejado de pensar en el amor como algo que debía poseer, como un objeto que podía perderse. En cambio, comenzó a ver el amor tal como lo describió el monje: un río, un pájaro, una estación.
En las enseñanzas SEN el sufrimiento (dukkha), surge de nuestro deseo de aferrarnos a las cosas que, por su propia naturaleza, son fugaces. Queremos permanencia en un mundo donde nada permanece; buscamos seguridad en un reino donde todo se mueve, cambia y desaparece. Esta es la razón por la que perder el amor duele tanto: porque creemos que hemos perdido algo que debería haber durado para siempre. Pero la verdad es que el amor nunca fue nuestro para perderlo.
Las dos señales de la partida del amor —retirar la presencia y convertirse en alguien más— no son actos de crueldad ni traiciones. Son el simple desarrollo natural de la impermanencia en las relaciones. Cuando el amor se desvanece, las personas se alejan: dejan de acercarse, su risa ya no se comparte de la misma manera. Esta ausencia duele, pero en ese dolor hay sabiduría. Nos enseña que el amor no es solo palabras o promesas; es acción, presencia, energía. El amor no puede existir donde la presencia está ausente.
Si alguien ya no desea compartir su presencia contigo, es porque su corazón ya ha partido. Pero esta retirada también es un regalo: es el universo diciéndote «Déjalo ir». Es una señal de que el amor no puede ser forzado, no puede ser rogado, no puede ser exigido. Si alguien ya no ofrece su presencia, no lo persigas. En su lugar, vuelve tu mirada hacia ti mismo. Siéntate con tu dolor; no huyas de él. Obsérvalo, compréndelo, y al hacerlo, comenzarás a sanar.
La segunda señal es aún más dolorosa, porque no es solo distancia, sino transformación. La persona que una vez te amó, la que entendía tu corazón, ahora parece extraña: ríe por cosas diferentes, habla con un tono distinto, camina por un sendero que ya no te incluye. ¿Por qué sucede esto? Porque el amor nos transforma.
Cuando dos personas se aman, comparten experiencias, pensamientos y emociones que dan forma a quienes son. Pero cuando el amor se desvanece, comienzan a transformarse de nuevo, esta vez lejos el uno del otro.
Este cambio no es un acto de maldad. Es simplemente la naturaleza en acción. Así como una oruga no sigue siendo una oruga para siempre, las personas no permanecen en los mismos estados emocionales para siempre. Evolucionan: a veces juntos, a veces separados. Cuando veas este cambio, no lo resistas. No intentes recordarles quiénes fueron; esa persona ya no existe. En su lugar, inclina la cabeza ante quien se ha convertido y permite que siga su propio camino.
Uno de los mayores desafíos de la impermanencia del amor es aprender a soltar: sin enojo, sin resentimiento, sin aferrarse a la amargura. La sabiduría budista enseña que el resentimiento es como sostener un carbón encendido con la intención de arrojárselo a alguien más: eres tú quien termina quemado.
Entonces, ¿cómo se libera el amor cuando ya no desea quedarse?
Honra lo que fue. En lugar de enfocarte en el dolor de la pérdida, recuerda la belleza de lo que una vez existió. Agradece los momentos de amor, porque fueron reales.
No persigas al pájaro. Si alguien ha retirado su amor, déjalo ir. Perseguirlo solo prolongará tu sufrimiento.
Libera el apego, no el amor. El amor no tiene que estar ligado a la posesión. Puedes seguir amando a alguien y aún así dejarlo ir. Amar no significa aferrarse; significa desearle felicidad, incluso si esa felicidad es sin ti.
Vuélvete hacia ti mismo. A menudo, cuando sufrimos por la pérdida del amor, creemos que hemos perdido una parte de nosotros mismos. Pero esto es una ilusión. Sigues estando completo. El amor no te completó; solo reflejó el amor que ya estaba dentro de ti.
Al final de su viaje, el viajero llegó a un gran río. Se quedó al borde de la orilla y observó cómo fluía el agua sin cesar. Pensó en la persona que lo dejó, pensó en el dolor, en el anhelo, en las noches preguntándose «¿por qué?». Y entonces, mientras miraba el río, lo entendió: el amor no había desaparecido; simplemente había cambiado de forma. El amor que una vez conoció se convirtió en algo más: una lección, un recuerdo, una parte de su propio crecimiento.
El amor lo había dejado, pero al irse, también lo había moldeado. El amor que antes existía en los ojos de otro, ahora estaba en su propia mirada. El amor no había muerto; solo se había movido, como todo debe hacerlo.
Con esta comprensión, el viajero no lloró. No lamentó la pérdida. En su lugar, inclinó la cabeza —no ante la ausencia, no ante el dolor, sino ante el amor mismo— en todas sus formas. Y luego siguió caminando: no en busca de amor, sino en aceptación de él, donde quiera que llegue y como quiera que vaya.
Porque el amor no es algo para poseer.
Es algo para vivir.
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NOTAS: anicca y dukkha
En el budismo, anicca y dukkha son dos de las tres marcas de la existencia, junto con anatta (no-yo). Anicca se refiere a la impermanencia o naturaleza cambiante de todas las cosas, mientras que dukkha se traduce comúnmente como sufrimiento, insatisfacción o incomodidad. Comprender estas dos características es fundamental para la práctica budista y para alcanzar la liberación del sufrimiento.
Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida…
Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo…
La juego contra uno o contra todos, la juego contra el cero o contra el infinito, la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito, en una encrucijada, en una barricada, en un motín; la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin, a todo lo ancho y todo lo hondo -en la periferia, en el medio, y en el sub-fondo…-
Juego mi vida, cambio mi vida, la llevo perdida sin remedio. Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo…: o la trueco por una sonrisa y cuatro besos; todo, todo me da lo mismo: lo eximio y lo ruin, lo trivial, lo perfecto, lo malo…
Todo, todo me da lo mismo: todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo donde se anudan serpentinos mis sesos.
Cambio mi vida por lámparas viejas o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil; por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil; por los colgajos que se guinda en las orejas la simiesca mulata, la terracota nubia; la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia; cambio mi vida por una anilla de hojalata o por la espada de Sigmundo, o por el mundo que tenía en los dedos Carlomagno: -para echar a rodar la bola..
Cambio mi vida por la cándida aureola del idiota o del santo; la cambio por el collar que le pintaron al gordo Capeto; o por la ducha rígida que llovió en la nuca a Carlos de Inglaterra; la cambio por un romance, la cambio por un soneto; por once gatos de Angora, por una copla, por una saeta, por un cantar; por una baraja incompleta; por una faca, por una pipa, por una sambuca… o por esa muñeca que llora como cualquier poeta.
Cambio mi vida -al fiado- por una fábrica de crepúsculos (con arreboles); por un gorila de Borneo; por dos panteras de Sumatra; por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra o por su naricilla que está en algún museo; cambio mi vida por lámparas viejas, o por la escala de Jacob, o por un plato de lentejas…
¡o por dos huequecillos minúsculos -en las sienes- por donde se me fugue, en grises podres, la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres…!
Juego mi vida, cambio mi vida. De todos modos la llevo perdida…
En 2025, Alex Karp, CEO de Palantir Technologies, publicó junto a Nicholas Zamiska un libro que rápidamente se convirtió en bestseller del New York Times. The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West no es un libro sobre tecnología. Es un manifiesto político. O más precisamente es la expresión más articulada hasta la fecha de un proyecto de fusión entre el poder del Estado y el capital tecnológico.
Una de las reacciones más interesantes para entender el libro es la de Alexander Dugin, el filósofo ultranacionalista ruso, lo llamó “el plan del tecno-fascismo occidental”. Que alguien tan reaccionario como Dugin diga eso de Karp y el libro ya dice bastante.
Los orígenes y la actualidad de Palantir
Sin entrar en demasiado detalle sobre este aspecto, resulta necesario desarrollar un poco la genealogía de Palantir para entender de qué tipo de actor estamos hablando cuando Karp y Zamiska hablan de “reconstruir la república tecnológica”. La empresa fue fundada en 2003 por Karp y Peter Thiel, quien ya había cofundado PayPal junto a Elon Musk y construido el núcleo de lo que se conoce informalmente como la “PayPal Mafia”: el círculo de fundadores y ex empleados que desde entonces construyeron Tesla, LinkedIn, SpaceX, YouTube, Yelp y otras plataformas que hoy estructuran la vida digital global.
In-Q-Tel, el fondo de inversión de la CIA creado para financiar empresas tecnológicas estratégicas para la inteligencia estadounidense fue un jugador clave. Palantir nació, literal y financieramente, como una apuesta de la CIA por desarrollar herramientas de análisis de datos que sus propias agencias no podían construir internamente. Desde entonces, la empresa ha construido una relación densa y multidimensional con el aparato de seguridad del Estado: contratos con la CIA, la NSA, el FBI, el Departamento de Defensa, el CDC, y el Ejército de EE.UU. en misiones en Irak y Afganistán.
Hoy la empresa cotiza en más de 300 mil millones de dólares y ha crecido 500 % en los últimos 5 años (principalmente en los últimos 2 años) fue defendida por Trump en el último mes en el marco de la caída de sus acciones y ha recibo solo en 2025 mil millones de dólares, número que promete ser superado en 2026.
Uno de los vínculos que más controversia generó fue con el ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. El software Gotham de Palantir fue central en la construcción del programa ICM (Investigative Case Management), una plataforma que integraba datos de múltiples agencias y permitía realizar seguimientos detallados de personas. Activistas y medios documentaron extensamente que estas herramientas fueron usadas para coordinar redadas, deportaciones masivas y separaciones familiares en la frontera.
A esto se suman los contratos militares con implicancias geopolíticas directas. Palantir ha trabajado con el ejército israelí, con agencias que operaron en el contexto de la guerra en Afganistán y, según investigaciones periodísticas, sus herramientas de análisis tienen presencia en múltiples conflictos activos. Reportes de grupos de derechos humanos han señalado el uso de sistemas de análisis
La fusión del Estado y la Big Tech como defensa de “Occidente” y la batalla contra Silicon Valley y el capitalismo de las apps
El argumento central de The Technological Republic es que vivimos en un momento de emergencia geopolítica comparable a la Segunda Guerra Mundial, y en ese contexto la supuesta neutralidad tecnológica es una forma de traición, es por eso que Silicon Valley tiene una especie de deuda moral al Estado que hizo posible su existencia, y debe saldarse poniendo sus capacidades técnicas al servicio de la defensa nacional.
A esto se refieren los autores con “hedonismo ligero” de Silicon Valley (p. 105). La mayoría de las empresas son para desarrollar redes sociales, aplicaciones de delivery, algoritmos de marketing y todo eso es una frivolidad que distrae a las mentes más brillantes de los problemas que realmente importan. El iPhone, escriben provocadoramente, puede haber sido el “mayor logro creativo de nuestra civilización” y al mismo tiempo estar “limitando y constriñendo nuestro sentido de lo posible” (p. 50). Lo que Karp y Zamiska llaman la “tiranía de las apps” es la contracara de lo que podría haber sido una industria tecnológica que, como en los años de la posguerra, trabaje en estrecha alianza con el Estado para producir capacidades militares, de inteligencia y de seguridad nacional de primer orden.
Nuestro experimento occidental de autogobierno es frágil. No abogamos por un patriotismo superficial y vacío, un sustituto del pensamiento y la reflexión genuina sobre los méritos de nuestro proyecto nacional, así como sobre sus defectos. Estados Unidos dista mucho de ser perfecto. Pero es fácil olvidar que existen muchas más oportunidades en este país para quienes no pertenecen a las élites hereditarias que en cualquier otra nación del planeta […] Se requerirá una colaboración más estrecha entre el Estado y el sector tecnológico, así como una mayor alineación de visiones entre ambos, si Estados Unidos y sus aliados quieren mantener una ventaja que limite a nuestros adversarios a largo plazo. Las condiciones previas para una paz duradera a menudo solo surgen de una amenaza creíble de guerra (p. 35).
Karp y Zamiska incluso retoman una historia donde el Ejército de EE.UU. en Afganistán necesitaba mejor tecnología para predecir la colocación de bombas improvisadas y utiliza este ejemplo como uno relevante que explica la derrota por no decidir realizar una inversión necesaria y que podría haber cambiado la historia. En definitiva el argumento de que el problema no fue la guerra en sí sino que no se invirtió suficientemente en el software correcto. Es una lógica circular que sirve perfectamente a los intereses de una empresa que vende software militar.
Esta tensión es central y el libro no la resuelve: Karp se formó con autores de la escuela de Frankfurt, fue un demócrata declarado y un crítico del primer Trump). ¿Es Karp un ideólogo de la ultraderecha o un oportunista que encontró un nicho?. La respuesta más probable es que sea las dos cosas
En el libro coexiste una defensa acérrima del capitalismo y el motivo por el que dicha fusión velaría por el sistema con momentos de crítica al libertarianismo de mercado. La conclusión práctica de todo el razonamiento es siempre la misma: más inversión estatal en tecnología militar, más contratos para empresas como Palantir. El gasto público que Karp y Zamiska reivindican es el del Pentágono.
“El mercado es un poderoso motor de destrucción, tanto creativa como de otro tipo, pero a menudo no logra proporcionar lo que más se necesita en el momento adecuado” (p. XIV) [1].
Evgeny Morozov en “Oligarcas intelectuales legisladores” desarrolla cómo este tipo de figuras son quienes profetizan las exigencias de la tecnología y luego diseñan las políticas para satisfacer a los dioses que ellos mismos inventaron. Karp y Zamiska hacen exactamente esto: describe una crisis civilizatoria en la que el software de IA es la única respuesta posible, y es CEO de la empresa que vende ese software. Observa Morozov:
Pero el poder oligárquico ofrece una tentación aún más oscura: ¿por qué ajustar las predicciones para que coincidan con la realidad cuando se puede manipular la realidad para validarlas? (…) los intelectuales oligarcas reconfigurando la legislación, las instituciones y las expectativas culturales hasta que la profecía y la realidad se fusionan en una sola alucinación.
Karp y Zamiska sostienen que la cultura dominante de Silicon Valley, orientada al consumidor masivo y adicta a la publicidad digital, produjo un capitalismo tecnológico simultáneamente lucrativo y trivial. Las redes sociales optimizadas para la retención, los modelos de negocio basados en la extracción de datos personales, la proliferación de aplicaciones que resuelven supuestos problemas que muchas veces son directamente inventados… todo eso representa, en su diagnóstico, una forma de decadencia técnica que no está a la altura del potencial real de las tecnologías disponibles.
Pero la solución que proponen los autores no apunta a una democratización de ese poder tecnológico, lógicamente. Apunta a su militarización. El problema que tiene Silicon Valley, dicen, es que ese poder no se pone suficientemente al servicio del Estado de seguridad nacional. No una crítica al capitalismo como tal, sino una disputa interna entre fracciones del capital tecnológico.
Mein Kampf, el nazismo y las similitudes inquietantes
Debo reconocer que nunca leí Mi lucha de Hitler, más que a través de reseñas y críticas, por lo que mi comparación puede ser imprecisa. Pero leer este libro me generó constantemente un pensamiento de estar sintiendo algo parecido a lo que deben haber experimentado quienes leían a Hitler en su momento.
La postulación de una serie de sentidos comunes, la defensa de Occidente, la inmigración como amenaza, para avalar la guerra y la tecnología de destrucción masiva, en nombre de preservar una civilización que se presenta como superior. Eso es lo que atraviesa The Technological Republic.
Dicho esto, el libro no es fascismo consumado. El fascismo histórico de Mussolini y Hitler fue un movimiento contrarrevolucionario que surgió tras la Primera Guerra Mundial con una característica central: la destrucción violenta y total de las organizaciones obreras y populares, apoyada en la movilización de masas pequeñoburguesas como fuerza de choque, y culminando en la dictadura abierta del capital monopolista. Nada de eso está presente en la actualidad, por más que pareciera que a los autores de The Technological Republic les gustara.
Pero hay algo más que una referencia histórica. El propio hilo de Palantir en X que publicó hace unos días y que intenta resumir los 22 puntos del libro incluía afirmaciones como: (“algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas”, dice el hilo de Palantir en X que resume el libro); la crítica al pluralismo presentada no como posición política sino como diagnóstico objetivo (“debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío e inconsistente”); la identificación de un enemigo externo (China y Rusia) que exige unidad interna sin disidencia; y la idea, heredada directamente de Thiel, de que “la libertad y la democracia ya no son compatibles”.
La operación ideológica central tiene dos movimientos. Primero, construir un Occidente idealizado, supuestamente liberal, libre, superior, en oposición a un otro bárbaro encarnado en China y Rusia. Segundo, vaciar ese Occidente de todo contenido real en nombre de su defensa. Los derechos democráticos, el pluralismo, la disidencia, los límites al poder estatal, todo eso se vuelve una especie de lujo que la urgencia civilizatoria no puede permitirse. Lo que queda de Occidente es la concentración de poder, la vigilancia, la lógica militar. La paradoja es que para salvar a Occidente del autoritarismo, Karp propone construir un autoritarismo propio.
Esta idea es de fondo la que subyace. Para salvar al capitalismo y a Occidente es necesario concentrar crecientemente el poder en el aparato estatal y para hacer eso es necesario concentrar crecientemente el poder en las “Big Tech”. Pero no en cualquiera, sino en las del tipo Palantir.
La identidad nacional, el antiwokismo y la paradoja China
Uno de los argumentos más interesantes para entender su pensamiento es el que Karp y Zamiska hacen sobre China. El país es presentado como el enemigo principal, el adversario autoritario que puede ganar la carrera de la IA si Occidente no reacciona. Sin embargo, hay un elogio implícito que recorre el texto que es la capacidad de China de movilizar recursos estatales y privados de manera coordinada, sin los “escrúpulos éticos” o los debates internos que frenan a Silicon Valley. El modelo que Karp y Zamiska proponen para Estados Unidos no es el opuesto al chino.
Esta tensión se hace aún más explícita en las declaraciones públicas de Karp. En Davos 2023, le dijo a su audiencia que quería empleados “que deseen estar del lado de Occidente”. Quien no lo esté, tiene “libertad de buscar empleo en otro lugar” [2].
El libro también contiene una crítica explícita a lo que llama la “izquierda woke” o las tendencias que vaciaron de contenido la identidad nacional occidental. La tesis central aquí es que la izquierda cultural cometió un error histórico al destruir los marcos de identidad colectiva sin construir nada sustantivo en su reemplazo. Karp y Zamiska entonces proponen una identidad nacional construida en torno a “enemigos comunes” e “historias comunes”.
El resultado es una cultura en la que quienes son responsables de tomar nuestras decisiones más trascendentales –en numerosos ámbitos públicos, incluidos el gobierno, la industria y el mundo académico– a menudo no están seguros de cuáles son sus propias creencias, o, más fundamentalmente, si tienen alguna creencia firme o auténtica (p. XVI) [3].
China aparece en el libro como enemigo geopolítico, pero al mismo tiempo funciona como una referencia implícita constante ya que Karp y Zamiska ponen ciertos ejemplos como evidencia empírica que un Estado que, al no estar atravesado por el pluralismo cultural occidental, conserva capacidad de acción, cohesión y dirección estratégica. Desde ya que la dimensión “reaccionaria” del libro no está en lo que parece rescatar de China sino en la operación ideológica que realiza [4]. Esta equivalencia, que el hilo de los 22 puntos menciona cuando habla de “resistir el pluralismo vacío”, permite presentar las políticas culturales reaccionarias de la administración Trump como un retorno a la sanidad nacional, más que como lo que son: un ataque a derechos conquistados por décadas de luchas.
Leo Strauss, padre intelectual del neoconservadurismo, aparece en las últimas páginas del libro como referencia final, y no es casual. Con su idea que, la suspensión de las valoraciones morales era necesaria para la producción de conocimiento científico, pero esa innovación sin valores conducía al nihilismo. Los autores citan esto para proponer la idea de innovar sin límites, pero de la mano de valores morales e identidad nacional.
El Proyecto Manhattan, la trascendencia y la IA como religión secular
El libro vuelve una y otra vez, casi obsesivamente a Oppenheimer y al Proyecto Manhattan. Esto no es nuevo. En una reseña al libro Imperio de la IA de Karen Hao también mencionamos esto en Sam Altman. Lo que Karp y Zamiska admiran de ese momento histórico no es principalmente la bomba atómica (aunque tampoco la condena), sino la capacidad de movilización de “talento, recursos y voluntad colectiva” al servicio de un objetivo nacional de máxima prioridad. Por ende, la propuesta central es construir el equivalente para la IA: un “nuevo Proyecto Manhattan” que ponga a las mejores mentes a trabajar en las aplicaciones militares y de seguridad de la inteligencia artificial.
El libro está atravesado por una preocupación con el significado. En varios pasajes habla del fin de la era atómica y el comienzo de la era de la IA, “Esta próxima era de conflictos se ganará o se perderá con el software” (p. 28). Presenta a la IA no solo como una herramienta sino como el horizonte definitorio de la condición humana: “el auge de la inteligencia artificial, que por primera vez en la historia presenta un desafío plausible a nuestra especie por la supremacía creativa en el mundo”.
Este mesianismo tecnológico tiene un linaje filosófico que el libro no explicita pero que lo atraviesa. Nick Land, el filósofo británico que pasó de la teoría crítica al aceleracionismo de derecha (y dijo que se sentía identificado con el libro), postuló que el capital y la tecnología tienen una dinámica propia que trasciende cualquier control humano y que intentar frenarla es una forma de debilidad histórica. Marc Andreessen retomó ese impulso en su Manifiesto Tecnoptimista, donde declaró que la tecnología es “la fuerza más poderosa para el bien que el mundo ha conocido” y que cualquier freno ético o regulatorio es esencialmente una forma de traición al progreso.
Karp se diferencia de ellos en un punto. Como vimos antes, no confía en el mercado solo para conducir ese proceso, necesita al Estado. Pero comparte con ambos la premisa de fondo, que el desarrollo tecnológico es una empresa casi sagrada, que participar en ella es una forma de trascendencia histórica, y que quienes se oponen no tienen argumentos sino miedos. Es esa dimensión cuasi-religiosa mediante la promesa de pertenecer al lado correcto de la historia.
El movimiento que agrega es mostrar que Karp no es un caso aislado sino parte de una familia ideológica, y que su diferencia con Land y Andreessen –la apuesta por el Estado– es lo que lo hace más peligroso, no menos, porque combina el mesianismo tecnológico con el poder coercitivo real.
En ese marco, trabajar en aplicaciones militares de IA además de un negocio, es participar en la empresa más significativa de la historia humana.
“Muchos ingenieros de Silicon Valley siguen oponiéndose a trabajar en proyectos de software que puedan tener aplicaciones militares ofensivas, incluidos los sistemas de aprendizaje automático que permiten la localización y eliminación más sistemática de enemigos en el campo de batalla” (p. 33).
Y su crítica a quienes se niegan, por ejemplo los ingenieros de Google que se opusieron al Proyecto Maven, los empleados de Microsoft que rechazaron el contrato con el ejército, son una y otra vez presentados como individuos que eligen la comodidad moral sobre la responsabilidad histórica.
En 2019, por ejemplo, Microsoft se enfrentó a la oposición interna para aceptar un contrato de defensa con el Ejército de EE. UU. La empresa había sido seleccionada para proporcionar auriculares virtuales a los soldados para la planificación de misiones y el entrenamiento. Sin embargo, un grupo de empleados de Microsoft se opuso y escribió una carta abierta a Satya Nadella, director ejecutivo de la compañía, y a Brad Smith, su presidente. “No firmamos para desarrollar armas”, argumentaron […] En abril de 2018, una protesta de empleados de Google precedió a la decisión de la empresa de no renovar un contrato para trabajar con el Departamento de Defensa de EE. UU. en un proyecto conocido como Proyecto Maven (p. 33).
Esta resistencia, la oposición de los trabajadores y gran parte del pueblo trabajador de conjunto se extendió y hoy representa el principal obstáculo práctico al proyecto que Karp describe.
La batalla ideológica y cultural para construir fuerza moral
El libro es un contragolpe ideológico a una resistencia que Karp conoce bien porque la enfrenta en carne propia y que representa la amenaza más concreta a la viabilidad del proyecto que describe.
Mientras el libro circulaba como bestseller, en Washington, California y Nueva York, activistas y miembros de comunidades migrantes bloqueaban las oficinas de Palantir para denunciar el rol de su software, ImmigrationOS, ELITE, el sistema ICM, en la maquinaria de deportaciones del ICE. Los manifestantes acusaban a la empresa de suministrar inteligencia artificial que facilita el rastreo y la detención de inmigrantes, ciudadanos y activistas.
La presión social logró victorias como cuando el Sistema de Salud Pública de Nueva York, el más grande del país, decidió no renovar su contrato con Palantir en protesta por su colaboración en las deportaciones.
Al mismo tiempo, en el sector tecnológico, trabajadores de Microsoft se organizaron bajo la bandera «No Azure for Apartheid» para denunciar que la infraestructura de nube de la empresa era usada por el ejército israelí en Gaza. Dos empleadas interrumpieron el acto del 50 aniversario de Microsoft, ante la presencia de Bill Gates y el CEO de Microsoft AI, Mustafa Suleyman, denunciando que la empresa vendía armas de IA al ejército israelí y que cincuenta mil personas habían muerto mientras Microsoft potenciaba ese genocidio.
Ambas fueron despedidas. Meses después, trabajadores de Microsoft fueron detenidos tras ocupar la oficina del presidente Brad Smith en Redmond, declarando una “Zona Liberada” y exigiendo que la empresa cortara vínculos con Israel.
Y más recientemente, cuando el Pentágono intentó forzar a Anthropic a eliminar sus restricciones éticas para el uso militar irrestricto de su IA, más de 300 empleados de Google y más de 60 de OpenAI firmaron una carta abierta instando a los líderes de sus empresas a rechazar el uso unilateral de esa tecnología para vigilancia masiva y armamento autónomo.
Esto es exactamente lo que Palantir busca desactivar. La operación ideológica del libro no apunta principalmente a convencer a los Estados ni a los inversores, la mayoría de esos ya están convencidos o directamente comprados. Apunta a dos audiencias que el proyecto de fusión Estado-Big Tech necesita pero no controla todavía y esa es la opinión pública que todavía puede movilizarse contra estas alianzas, y los propios trabajadores tecnológicos, los ingenieros, científicos de datos y desarrolladores sin cuya colaboración ningún sistema de IA funciona.
Para ambos, Karp y Zamiska construyen lo que Clausewitz llamaría una “fuerza moral” un propósito lo suficientemente grande como para vencer la resistencia interna. Ese propósito es la defensa de Occidente, la urgencia civilizatoria, la amenaza china. Quienes se niegan a trabajar en aplicaciones militares son presentados como personas cómodas que eligen la tranquilidad moral sobre la responsabilidad histórica.
De ahí su afirmación que justamente es esta amenaza a la guerra la que permite tener esta paz:
La ironía, por supuesto, reside en que la paz y la libertad de las que disfrutan en Silicon Valley quienes se oponen a colaborar con el ejército estadounidense son posibles gracias a la amenaza creíble del uso de la fuerza por parte de ese mismo ejército (p. 46).
De ahí se entiende la idea de que las protestas en las oficinas de Palantir son el “pluralismo vacío” que hay que resistir. Pero la evidencia de los últimos meses muestra que esa fuerza moral tiene límites. Los trabajadores tecnológicos no son una masa homogénea dispuesta a marchar detrás de ningún manifiesto, y las comunidades que cargan con los costos de estos sistemas no están dispuestas a hacerlo en silencio. Ahí reside la contradicción más profunda del proyecto de Karp: necesita al mismo tiempo concentrar el poder y reclutar voluntades que por el momento parecen no dispuestas a seguir su plan.
¿Qué cosas saqué de este libro?
The Technological Republic expresa el proyecto político de una fracción del capital tecnológico que ha decidido abrazar abiertamente la lógica del Estado de seguridad nacional. Es la idea de una fusión entre las “Big Tech” y el aparato coercitivo del Estado, que en alguna medida importante ya está ocurriendo [5], como respuesta a la crisis de hegemonía del imperialismo estadounidense. No es un fenómeno nuevo, el complejo industrial-militar siempre operó esta lógica, y nunca existió sin el Estado que lo financia, lo regula y le da sus contratos, pero la novedad es que hoy esa fusión se presenta abiertamente como proyecto político, con pretensiones filosóficas, y con un público dispuesto a escucharla.
Lo que el libro da cuenta, más allá de las intenciones de sus autores, es que la burguesía tecnológica ha llegado a una conclusión y es que el mercado solo ya no alcanza para garantizar su dominación. Necesita al Estado, su aparato de seguridad, su capacidad de coacción. Y el Estado, a su vez, necesita a las Big Tech para ejercer formas de control social que las instituciones tradicionales no pueden proveer. La tecnología no es neutral, nunca lo fue, pero lo que Karp y Zamiska proponen es eliminar incluso la pretensión de neutralidad y abrazar abiertamente la lógica del poder.
Que ese proyecto encuentre un público amplio, y que su libro sea bestseller del New York Times, dice algo sobre el momento político en el que estamos. Me refiero a fracción porque tampoco hay que concederle a este grupo de personas más coherencia de la que tienen. MAGA hoy está partido. Karp era crítico y hoy defensor de Trump, aunque más ligado al sector de su vicepresidente JD Vance. Musk, también cercano a este grupo, se fue luego de la aprobación del “Big Beautiful Bill”, el paquete de recortes impositivos y gasto militar impulsado por Trump que, paradójicamente, resultó muy beneficioso para Palantir a través de sus contratos de defensa.
Que la cultura de Silicon Valley sea banal y orientada hacia el consumismo, es verdad. Que existe una carrera tecnológica-militar global con consecuencias geopolíticas profundas, igualmente.
En un escenario de crisis mundial, las respuestas que ofrece el libro que podemos resumir en más integración entre Estado y grandes capitales tecnológicos, más contratos militares, más concentración de decisiones en la élite tecnológica que “entiende” lo que está en juego, son vitales para entender y enfrentar a los adversarios de la clase trabajadora.
La pregunta que el libro no puede responder es: ¿para qué “propósitos generales” servirá la tecnología? ¿A la maximización de la rentabilidad capitalista bajo el mando de la élite empresarial tech, el control social y la vigilancia interna a la vez que sirve para masacrar poblaciones enteras como ya está haciendo Israel, Estados Unidos y también como trae el recuerdo de su tan valorado Proyecto Manhattan? o a un proyecto que busque la socialización y el control colectivo de esos saberes acumulados? Karp responde que servirá a la hegemonía de Occidente, y eso es suficiente. Pero esa respuesta asume que los intereses de Occidente, tal como los definen ellos, coinciden con los intereses de los trabajadores, los migrantes deportados por algoritmos de Palantir y los pueblos oprimidos del mundo que producen los datos y cargan con los costos ambientales del desarrollo de la IA.
Disputar la hegemonía tecnológica es necesario y urgente. Pero esa disputa no puede darse solo entre fracciones del capital, entre el Silicon Valley de las apps y el Silicon Valley militar. Requiere disputar quién controla las decisiones sobre el desarrollo tecnológico y que los trabajadores del sector, los ingenieros, los científicos de datos, los que construyen estas herramientas, tengan poder real sobre para qué se usan y pongan su conocimiento a disposición de lo que la sociedad en su conjunto decida: qué hacer y para qué. Que las comunidades hoy sometidas a la vigilancia algorítmica, las deportaciones y los sistemas de targeting militar no sean objetos de esas decisiones sino parte de quienes las reviertan. No como usuarios o como sujetos de política pública, sino como actores políticos autoorganizados con capacidad de veto y decisión. La tecnología que hoy sirve para masacrar puede servir para otra cosa. Pero eso no ocurrirá como resultado de la buena voluntad de ningún CEO, sino de la organización y la lucha de quienes cargan con los costos de este modelo.
[1] También desarrolla luego que “Había otros mercados de consumo más lucrativos que conquistar. Sin embargo, fue la tolerancia, y quizás cierto gusto por el conflicto, y la tenaz búsqueda de algo, cualquier cosa que funcionara —ese instinto de ingeniería— lo que le dio a Palantir una posición ventajosa” (p. 155).
[2] Para ver más detallado y también apuntando a los líderes: “La reconstrucción de una república tecnológica requerirá, entre otras cosas, la reconstrucción de una sociedad de propietarios, una cultura fundadora que surgió de la tecnología pero que tiene el potencial de transformar el gobierno, donde nadie que no tenga interés en su propio éxito ocupe un puesto de liderazgo” (p. 217).
[3] También a lo largo del libro desarrolla más esa posición. “Nuestras instituciones educativas y la cultura en general han propiciado el surgimiento de una nueva clase de líderes que no son meramente neutrales o agnósticos, sino cuya capacidad para formar sus propias creencias auténticas sobre el mundo se ha visto gravemente mermada” (p. 71).
[4] Por ejemplo empresas chinas de reconocimiento facial han sido acusadas de proporcionar software al gobierno para “rastrear y vigilar a miembros de grupos étnicos minoritarios, incluidos tibetanos y uigures”.
[5] Por ejemplo en junio de 2025: Andrew Bosworth (CTO de Meta), Kevin Weil (jefe de producto de OpenAI), Shyam Sankar (CTO de Palantir) y Bob McGrew (ex-OpenAI y ex-Palantir) juraron como tenientes coroneles del Ejército de reserva en la base Myer-Henderson Hall, en Arlington, en lo que el Pentágono denominó el “Cuerpo Ejecutivo de Innovación”, diseñado para “fusionar los conocimientos tecnológicos más avanzados con la innovación militar”. También el caso de Emil Michael que durante más de dos décadas operó en la intersección entre Silicon Valley y el poder geopolítico estadounidense y es quien hoy conduce la política de IA del Pentágono como subsecretario de Defensa, y quien encabezó el enfrentamiento con Anthropic cuando esta se negó a eliminar sus restricciones éticas.
Extraído de un directo con Mariano Utín @elmaterialista , de Vanguardia Argentina para la Liberación, hablamos del polémico manifiesto de Palantir, la poderosa corporación al servicio del poder militar-industrial e imperial estadounidense y su manifiesto ideológico publicado hace poco. En él defienden subordinar el Estado a sus intereses empresariales y tecnocientíficos en base a su uso de la Inteligencia Artificial, en un escrito que, como veréis, es perturbador.
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